3/31/2008

NADIE LLORARÁ POR TI RWANDA


El genocidio de Rwanda jamás existió para la sociedad occidental. Las más de 800 mil personas asesinadas mediante machetes, cuchillos y cuanta arma rudimentaria exista, nunca saldrán en sentidos discursos de mandatarios occidentales, que berborrean casi todas las tardes sobre los valores de la democracia y lo necesario de su implementación -casi siempre mediante invasiones-.
El problema no es que el genocidio exista o no exista, la dificultad de la visualización de este es que los rwandeses, como sujetos, como personas: no existen.
En el documental Shake Hands with the Devil, sobre el general Dallaire, máxima autoridad militar de la ONU en Rwanda y que cuenta con un pequeño homenaje en la hollywoodense cinta Hotel Rwanda, se ve atado de manos cuando el Consejo de Seguridad le niega hasta el cansancio que no intervenga en la protección de tutsis rwandeses.
Las potencias occidentales, alineadas en la Unión Europea o en cuanto organismo multilateral exista, dicen clarito en el documental que no existe ningún interés estratégico en el país africano, por lo que era razonable que la ONU no interviniera en la incontrolable rivalidad étnica entre tutsis y hutus, que de cierta forma las mismas potencias iniciaron mediante el colonialismo belga. ¿Cual era la misión de la ONU en el país africano? Simplemente defender a ciudadanos europeos blancos, ya que su muerte podría generar "serios problemas diplomáticos".
Es la hipocrecía del mundo occidental, que realiza bellos y emotivos discursos sobre la paz que necesita Colombia, que alaba la independencia de Kosovo, que apoya al Dalai Lama en el Tíbet, pero al momento de realizar algún tipo de acción concreta, que no implique matar civiles inocentes, sino defenderlos, las potencias, coherentes con su naturaleza, se hacen a un lado, privilegiando intereses económicos, o como ellos los llaman eufemísticamente, simplemente estratégicos.
Nadie lloró el dolor de Rwanda en estos 14 años además de ellos mismos y nadie lo hará. A lo mejor reviven uno de esos conciertos contra la pobreza pro África, en donde veríamos otra vez una serie de consignas vacías en busca de promover valores universales -abstractos- que nadie identifica. Ojalá, que esta vez, Madonna y Coldplay se queden en sus casas. También pueden enfocar sus escasos minutos en el manoseado calentamiento global. Rwanda, por lo menos, no los necesita.

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3/23/2008

Tiempos de mierda




No voy a mentir y empezar a decir que la primera vez que vi a Attaque 77 fue en el Teatro Esmeralda o en la Blondie en la primera mitad de los noventa. Esa no es mi generación ni tengo un interés nostálgico de formar parte de esa época.


Me conformo con la mía, esa de principios de siglo XXI que todavía se alimentaba de pequeños pincelazos punk-rockers que se resistían a morir, en medio del aggro, del pop o de otro estilo de turno que quiso apoderarse de gran parte de la juventud. Puede que lo haya logrado, da lo mismo, pero el punk siguió vivo por esos años. Consiguió traspasar y mantenerse vigente pese a las modas que nada tenían que ver con lo que proponía esta cultura musical nacida en Londres.


Porque aunque muchos insistan en la ambiguedad del punk, quizás debido a una especie de autodefensa, que busca justificar ciertas mutaciones personales, el punk sigue siendo uno sólo, pese a los cientos de matices que aparecen al lado de definiciones de estilo de algunas bandas actuales.


El punk tiene mucho de inocencia, de ternura, de un legítimo sentimiento de inconformidad, pero acompañado de una inexplicable sensación de optimismo. No en el mundo, ni en la sociedad, ni en el sistema ni en el enemigo de turno que seguramente te encanta apuntar. Es otro tipo de optimismo, que la mayoría de las veces aparece cuando suenan esos tres acordes que nos siguen gustando tanto.


El otro día leía en esas supuestas páginas alternativas una crítica muy dura a lo básico del punk. "El bajo y la guitarra hacen los mismos acordes" -decía un joven-. Me dio mucha risa, porque significa que no entiendes nada sobre el punk. Significa que nunca has estado en un pogo o que nunca escuchaste el primer disco en vivo de Attaque 77, ese que suena tan punk-rock pero a la vez tan limpio. Significa que has perdido la capacidad de asombro. Significa, muy a mi pesar, que poco a poco el punk está dejando de tener sentido. Por lo menos en las nuevas generaciones, acostumbradas a hacer un click y apoderarse de años y años de historia. Si no te gusta, muy fácil: se borra. Tiempos de mierda.

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3/18/2008

¡¡SEGUIMOS AMANDO EL PUNK-ROCK!!




15 de Abril: BAD BRAINS EN TEATRO NOVEDADES

17 de Mayo: EL ÚLTIMO KE ZIERRE en el Víctor Jara

21 de Mayo: MISFITS en Santiago de Chile

28 de Junio: LOS MUERTOS DE CRISTO en el Víctor Jara
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3/04/2008

¿Sangre Caníbal?

Quizás una de las películas más extrañas que he visto en el último tiempo sea Trouble Every Day –traducida de forma ridícula como Sangre Caníbal al español-. El tema a simple vista parece sencillo, por lo menos dentro del cine de terror B que tanto nos gusta: Un grupo de científicos locos decide investigar sobre los alcances del canibalismo dentro de la especie humana. Obviamente su loco experimento se les sale de las manos, siendo el caso más serio el interpretado por Beatrice Dalle, quién vendría siendo la joven ensangrentada de la foto de arriba.

Hasta ahí todo bien, el problema es que los científicos locos no tienen nada de locos, y el canibalismo, más que brillar por su brutalidad sin sentido, se mimetiza con un erotismo carnal que ni el propio Hannibal Lecter habría soñado.

¿Cómo se explica esto? Por la sencilla razón de que de película de B tiene poco. Su pésima traducción llevó a error a las personas que ordenan las películas en los catálogos y –por supuesto- a los estúpidos que deciden verlas.

Incluso la cinta estuvo seleccionada en la versión 2001 del festival de Cannes, lo que le quita ese aire marginal que podría suponerse.

Lo aterrador y a la vez incomprensible de la cinta es su interés por explorar en los espacios ocultos de la mente humana. Esos donde el amor, el deseo, la pasión y todas esas palabras que engloban sentimientos por otra persona, dejan de representarse a través de clichés o frases sacadas de algún libro de Neruda trillado, sino que emergen de los espacios más oscuros del ser humano.

Como ejercicio es interesante, pero su ritmo lento junto con la obsesión de la cineasta de crear un clima aterrador –a través de extensos silencios y de unos planos abiertos sin mayores justificaciones- pueden llegar a cansar a una audiencia –de la cual soy un fiel representante- acostumbrada a explosiones y muertes estúpidas con demasiada sangre.

Es una buena película. Pese a que no expliqué casi nada la recomiendo, porque durante hora y media te hace pensar. No en política ni en lo fea que está quedando la estatua de Jaime Guzmán, sino sobre nuestros sentimientos más ocultos que ni tú ni yo nos tomamos demasiado tiempo en conocer.

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