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12/16/2009

Madness a través de los ojos de Julien Temple

"Joe Strummer, un viejo amigo, me dijo que antes de morir tenía que venir a Chile", decía Julien Temple en la Plaza Camilo Mori cerca de las 22.25 del 15 de Diciembre, en medio de la introducción del estreno del documental Madness: The liberty of Norton Folgate (2009).

Las breves palabras iniciales del cineasta dieron paso a su trabajo de 64 minutos realizado con Luke Cresswell, que se presentaba en el contexto del Festival In-Edit Nescafé.

Dentro del material, el también responsable de Punk Can Take It, expone, mediante una propuesta audiovisual con su sello distintivo -que condensa con el mismo nivel de importancia el aspecto estético junto al contenido-, el regreso discográfico de la agrupación ska londinense formada en 1979.

Y no es cualquier retorno: son 10 años sin editar un disco en estudio. Por lo que Temple no escatima recursos en transmitir la trascendencia de esta situación.

Zona liberada

El material condensa las tres presentaciones que la banda realizó en el mítico Hackney Empire Theatre en Junio de 2008. Ahí Madness presentó el ya mencionado The Liberty of Norton Folgate.

El título está inspirado en una de esas curiosidades de la legislación británica, en donde una pequeña zona en el este de Londres poseía distintas leyes al resto de las normativas municipales, siendo administrada por sus propios residentes.

La confluencia en el lugar de artistas, incluyendo al célebre poeta Christopher Marlowe, simbolizaba el espíritu libre e independiente de Londres, en contraposición a las imposiciones de la corona isabelina. Todo esto duró hasta 1900.

Temple juega con esta reminiscencia, recreando una historia que se vislumbra entre canción y canción de la presentación de la agrupación, dándole un cariz poético y simbólico a las letras de esta.

Sólo para fanáticos

Un problema que tiene el material es que sólo se circunscribe a un público que tiene cierto conocimiento sobre Madness. Alguien que no conozca la historia del ska ni de revival del 2 Tone que iniciaran Chris Foreman y cía a finales de los setenta, poco va a entender de lo que está viendo a través de la pantalla.

Una introducción, con un mínimo de contexto sobre la agrupación, no habría molestado en lo más mínimo.

Además, a diferencia de otros trabajos de su autoría, como The Filth and The Fury o The Future Is Unwritten, en donde hay una preocupación central en profundizar en las historias de sus protagonistas. acá Temple sólo focaliza sus esfuerzos en exponer a los espectadores la vitalidad y significación de las canciones de la banda. Algo, que en todo caso, ya hizo en There'll Always Be an England (2008) sobre el regreso de los Sex Pistols.

Esto lo lleva a cabo utilizando el mencionado relato paralelo, que reconstruye el imaginario del desaparecido espacio liberado y de notables planos audiovisuales, tanto de la banda como del público enfervorizado en el recinto.

En general es un buen trabajo. Muestra la vigencia en los escenarios de una verdadera leyenda de la música inglesa. Al mismo tiempo, detalla, con ese sentido del arte ajeno a lo superfluo y con substancia que obsesiona a Temple, ese lado poco visibilizado de Londres. Ese con sus amores, sus sueños y sus cíclicas frustraciones, las mismas que transitaban en medio de sus polvorientas calles hace más de cinco siglos.



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12/15/2009

Los sueños y fantasmas de un cantante folk

"Sin responsabilidades, cualquiera puede ser un puto artista bohemio", pronunciaba con rabia el cantante de folk Jon Konrad Wert.

El compositor está preocupado. Poco dinero en sus presentaciones, escaso reconocimiento hacia sus lacerantes melodías y con un hijo en camino, no sabe si vale la pena continuar dejando pedacitos de alma en esos despoblados bares de Texas, donde algunos curiosos aún continúan pululando por sus roñidos rincones.

The folk singer. A tale of men, music and America no es sólo la historia de Jon Konrad Wert (alias Possessed By Paul James), sino también la exposición de algunos pincelazos de la cultura estadounidense "profunda", más allá del Big Mac y de todo el colonialismo cultural del que somos depositarios, del que pocas veces se ve por las pantallas.

Alejándose de la caricatura, el documental dirigido por M. A. Littler y que fue estrenado el 14 de Diciembre en el Centro de Arte Alameda en el contexto del Festival In-Edit Nescafé, consigue retratar elementos poco conocidos de la sensibilidad pueblerina yankie.

De esa que se desarrolla en medio de pintorescos sombreros texanos y de iglesias ávidas de recursos, que compiten entre ellas por obtener más seguidores de las enseñanzas del bueno de Jesucristo.

Llanto en los bares

Acá están los miedos de un cantante que no consigue éxito, reconocimiento artístico ni menos satisfacción personal.

Alejado de la moda cool que han desarrollado algunos descarados compositores nacionales, que recorren bares capitalinos con armónica y una forzada sensibilidad, copiada a la rápida de algún disco de Dylan, Konrad pasa sus días en su pequeño pueblo texano. Con sus amigos, su mujer y los bares que todavía disfrutan de sus acordes.

El material destaca por su intimidad. El documentalista logra recoger variados momentos sensibles, como las escenas de soledad y melancolía que se vislumbran en baños de locales que vieron pasar sus canciones, en donde se plasma la sensación de vacío y desdén que ronda por la resquebrajada alma del compositor.

Junto con ello, se describen algunas situaciones interesantes. Un ejemplo son las conversaciones con sus amigos sobre el sentido de ser americano, en donde se incluyen diálogos magistrales, como las sinceras dudas de por qué los texanos son tan odiados en el extranjero y otros que profundizan en la búsqueda de las motivaciones que aún los impulsan a seguir tocando sus guitarras, banjos o violines

Porque, de acuerdo a los relatos que circulando durante los 100 minutos de largometraje, no son muchas.

"Los mejores poetas han sido siempre los más pobres", señalaban con resignación. Y es cierto. El reconocimiento nunca se traduce en una retribución monetaria. Más parece un castigo, que estimula la falta de creatividad y la subordinación a fórmulas comerciales.

Además, hay una búsqueda más instrospectiva, que se visualiza en algunos pasajes. Uno de ellos es la borrachera de antología que lleva a Konrad a una la acalorada discusión con un forastero de Los Angeles sobre el sentido de su dudosa propuesta musical -y que casi lo conduce a las manos- o una conversación que sostiene con un reverendo afroamericano sobre la finalidad del catolicismo.


"Nueve de diez artistas buscan drogas o mujeres"


Lo anterior se conecta con todo un recorrido a nivel personal, en el cual la música va confluyendo con la búsqueda de un sentido a su existencia, abarcando desde su catolicismo forjado por menonitas, que de acuerdo a su experiencia, "predicaban más con el miedo que con la comprensión", hasta su familia, que tangencialmente, circula durante todo el relato.

Todo esto, además, matizado con la eterna interrogante sobre el sentido de la música y el arte en general. "Nueve de diez artistas buscan drogas o mujeres, por eso se fue todo a la mierda", pronunciaban con rabia. Y parece que así es, con propuestas cada día más inofensivas y con menos corazón.

"La juventud perdió la actitud, antes castigaban a los que plagiaban y se vendían", sentenciaban los protagonistas en medio de acaloradas discusiones.

La comodidad de las nuevas generaciones y la falta de intenciones de empaparse con ideas ajenas a la regla, parecen ser la tumba de todas las propuestas intimistas, que no sólo requieren de espacios en medios de comunicación, sino de personas con sensibilidad, dispuestas a abstraerse de la lógica inmediatista de estos tiempos neoliberales.

"Todos quieren esconder su desolación, mejor cantemos sobre ello y sanémosnos mutuamente", sentenciaban.


Un puñado de obstinados

La película conmueve. Incluso, a quienes no somos asiduos a este tipo de melodías. Acá hay tristeza y amargura en medio de una Texas desolada, arrasada por multinacionales y con poca gente circulando por su calles.

Pero, a modo de contraparte, también se vislumbra la obstinación de un puñado de compositores, que tratan de demostrar que aún es posible transformar esa sensación de desdén y de sospecha en melodías que salen desde las entrañas.

Porque, admitámoslo, el rock hace años que perdió algún atisbo de transgresión. Por lo menos el de grandes estadios. Las innovaciones van ligadas más a un plano estético o hasta vinculado con el agobiante virtuosismo. Recuperar la rebeldía o una propuesta que traiga de regreso el asombro, parece, por lo menos, ingenuo.

Por cierto, The folk singer es una historia minimalista, como muchas que circulan en el anonimato. Y no sólo por las calles de un pueblito sureño americano, también por estos rincones del planeta.

En detectarlos está la dificultad, ya que también por acá también hay jóvenes tejiendo sueños y capturando destellos de un estado de ánimo, invisibilizado por bonitos letreros publicitarios.

Puede que en clave folk o desde acordes acelerados, de esos que se resisten a inhibirse de vomitar sentimientos desgarradores. Quizás con un ojo talentoso como el de Littler, la tarea de podría hacerse más fácil.

El documental es sólo un ejemplo, uno de tantos. Bien por eso.


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12/13/2009

La "dedicación total" de Álvaro Peña

"La gente dice que no puede escuchar eso, pero es demasiado perezosa para abandonar su pequeño mundo de mierda", pronunciaba muy enojado un crítico musical alemán.

Y es cierto. Que Álvaro Peña nunca haya conseguido éxito comercial es una injusticia. ¿Por qué ritmos repetitivos, letras evidentes y plagios de plagios siguen liderando las ventas de discos y aún son lo pilares de una resquebrajada industria musical?

Quizás justamente por eso. Rara vez se reconoce la valentía, la creatividad y la innovación dentro de las disciplinas artísticas. Los Ramones fueron los reyes indiscutidos del punk en el momento en que Joey agonizaba. Ya muerto: todos eran fanáticos.

A diferencia de los neoyorquinos, Peña sigue ahí.Valiente. Dejándose llevar por sus propias ideas y convicciones, de esas que se plasman en sus textos minimalistas y su incansable propuesta musical, definida para confundir a los periodistas como "música transitoria".

Álvaro: Full Dedication, documental que se presentó el 12 de Diciembre en el Centro de Arte Alameda en el contexto del Festival In-Edit Nescafé, condensa ese espíritu transgresor, de esos pocos valientes que se atreven a relegarse de fórmulas facilonas, de esas hechas en laboratorios.


"El director no está, yo estoy"

Debido a problemas con el nuevo proyector de "10.000 ansilúmenes" que el Centro de Arte Alameda estrenaba en la presentación del documental en la Sala 1, la película comenzó pasada las 21.30, con media hora de retraso.

Minutos antes, la gente que esperaba en una larguísima fila que llegaba hasta la Alameda, intercambiaba diálogos sobre las elecciones, desde preferencias a votar por Cienfuegos porque "como los fachos votan por milicos demá que sale y arrastra a la otra (Macarena Carvallo)" o del tipo "vi a caleta de viejos urgidos comprando cervezas", debido a la prohibición de vender alcohol por las elecciones.

Ya en la sala, Álvaro Peña sube al escenario a presentar Full Dedication, filme dirigido por Hans Kotter, Jochen Hägle y Christian Zschammer. "El director no está, yo estoy", pronunciaba con espontaneidad entre risas de los asistentes. "Voy a tocar 2 o 3 canciones con el Casio. Después vienen las elecciones y no quiero robar escena", señalaba entre cerrados aplausos que daban paso al largometraje de 90 minutos.

No sólo música

El documental del año 2008 relata la trayectoria de Peña, desde sus inicios tocando junto a su saxofón en bandas rockabilly de Valparaíso, ciudad que lo vio nacer en 1943, pasando por su estadía en The 101'ers junto a Joe Strummer, hasta su carrera musical como solista en Alemania, que es el fuerte del largometraje.

Pero el trabajo no sólo detalla momentos significativos de su trayectoria musical. Acá también hay una intensión de sumergirse dentro de las motivaciones de su propuesta, en el sentido de su distintivo estilo, en los rincones de sus particularidades más íntimas.

Para lograr esto, es muy rescatable el trabajo de fuentes de los documentalistas, quienes entrevistaron desde la bonachona abuelita vecina de Peña de más de ochenta años -quien preguntaba, preocupada, si sus palabras iban a salir en alguna película-, hasta críticos musicales especializados. Incluso, aparece su ex esposa, quien entrega elementos que permiten comprender la obra y la personalidad del compositor.

"Beber esperma significaba humillación, frustración"

Peña vive en un pequeño departamento en Konstanz, distrito rural sureño de Alemania. Ahí el autor de "Tonteras" desarrolla su rutina, que incluye largas caminatas por los parques de la ciudad, ajeno a los lujos: sin internet, con un viejo televisor y su eterna máquina de escribrir. Todo financiado con su modesta pensión de 600 euros más 100 por venta de discos y/o cassettes.

Hay varios momentos notables. Como la desmitificación de la recurrente historia de la canción "Drinking my own sperm", lo que, de acuerdo al propio Peña, realizó en 1974 en la okupa que habitaba en Londres en la época de The 101'ers. Incluso, realiza el "gesto técnico" -que se reproduce en el poster de arriba- que conducía al fluído directamente a su boca. "Beber esperma significaba humillación, frustración", decía.

Otra situación que descolocó y emocionó a muchos de los presentes ocurrió cuando el protagonista se remontó a su orígenes en Valparaíso y detalló algunos momentos muy íntimos y traumáticos de su niñez. La violación que sufrió a los 12 años por un supuesto contrabandista fue uno de ellos.

Todo esto, en paralelo con su vida en Alemania, que comenzó como realizador creativo de
slogans para comerciales -lo que de cierta forma influenció su forma de componer letras-, ajena al reconocimiento de la industria musical y del público en general, el que aún no logra comprender en plenitud su particular estilo.

Los cineastas logran atrapar momentos íntimos, de esos fugacez, que muchas veces el ojo humano deja escapar, que se pueden ejemplificar con las conversaciones en una tienda de antiguedades en Suiza o sus largas caminatas por las calles de Konstanz.

Con corazones en sus zapatos

En relación a su propuesta musical, el trabajo ahonda en las especifidades de su estilo, el que desarrolló cuando dejó definitivamente el rock en los setenta, expresión artística que ya no consideraba para nada transgresora.

Ahí comenzó su carrera solista junto a su teclado, sus infaltables guantes y su traje usado que utilizaba a modo de protesta durante la dictadura, esa que no lo dejó volver a Chile, pese a que no se fue de Valparaíso por motivos políticos. Sus acordes continúan hasta hoy: con los corazones en sus zapatos -detalle que se explica en el documental- junto al bajista Jens-Peter Volk, su compañero de ruta durante 18 años.

También se explica su estado de depresión endógena, que en ningún momento lo abandona y que fue canalizando a través de sus melodías. "Me siento en casa en mis lágrimas", señala, agregando que lloraba varias veces al día.

En general, es un buen material audiovisual, que emociona, saca sonrisas y, sobre todo, consigue condensar y explicar, para quienes no han conocido en profundidad la historia de Peña, por qué insiste, obstinadamenta, en reivindicar una propuesta a todas luces difícil de digerir para oídos condicionados al éxito de turno.

"Dedicación total para ser artista, ser consecuente, escucharse a si mismo", pronunciaba a modo de declaración de principios.

Con aplausos cerrados, terminó el material pasada las 23.00, que dio inicio a un pequeño set de tres canciones del protagonista de la jornada.

"Gracias, chusma inconsciente"

"La película me dejó más complicado que antes", pronunciaba Peña mientras se sentaba en compañía de su mítico Casio en el escenario del recinto.

Sin músicos invitados, interpretó en cerca de 12 minutos tres canciones, que incluyeron "Tonteras" y "Álvaro de Valparaíso", que fueron aplaudidas y seguidas con entusiasmo por una audiencia entregada ante los acordes y las excentricidades de "The Chilean With The Singing Nose".

"Gracias chusma inconsciente", señalaba entre risas de los presentes, que repletaban la Sala 1 del Centro de Arte Alameda.

Con una corta pero intensa puesta en escena, que incluyó un lápiz como uno más de sus instrumentos, Peña dio finalizada su interpretación.

Mientras se despedía, señaló que se presentará en la próxima edición de los Carnavales Culturales de Valparaíso. Una buena oportunidad para verlo nuevamente en vivo.

Algunas fotos de Álvaro en el escenario:





Crónica: Simón Pérez
Fotos (de la presentación de Álvaro Peña): Nicolle Tausiet

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4/13/2009

Joe Strummer: El futuro no está escrito

Apoyando a los bomberos. No fue ni por dinero, ni por premios, ni por homenajes póstumos ridículos que The Clash renació fugazmente. Joe Strummer volvió a tocar junto a Mick Jones "White Riot" "Bankrobber" y "London’s Burning" el 15 de noviembre de 2002. Había que denunciar los bajos sueldos de los bomberos londinenses. Fue la última vez que compartieron escenario: un mes después Strummer falleció.

Ocurrió el 22 de diciembre de 2002, año trágico para el punk-rock. Seguramente los malvados punkies estadounidenses no se enteraron -y nunca lo harán-, mientras cantaban en algún Warped Tour canciones de Bad Religion, que Ricky Espinosa, vocalista y compositor de Flema, fallecía en un confuso incidente a mediados del mismo año. O que el baterista de la Polla Records, Fernandito Murua, dejaba de existir el 3 de septiembre, a causa de un problema cardiaco. También se fue Dee Dee Ramone, el compositor más prolijo de la banda de Queens.

A diferencia de los demás, que más allá de algunos correctos libros u filmes sobre sus agrupaciones, Strummer es el único de la lista que cuenta con un largometraje exclusivo para él.

El material, titulado The Future is Unwritten -El futuro no está escrito-, es un documental de 2 horas de duración, que aborda toda la vida del vocalista de The Clash y de The 101'ers. Desde sus inicios, en un internado conservador, pasando por sus apoteósicas giras por Estados Unidos, hasta llegar a su renacimiento musical a fines de los noventa con su banda The Mescaleros.

El director, Julien Temple, el mismo que realizó el notable documental definitivo sobre Sex Pistols, The Filth and The Fury, reconstruye la historia del cantautor a la altura de la misión: con elegancia y sutileza.

Amigos y conocidos, desde Don Letts -el mismo de Punk Attitude-, Johnny Depp, Jim Jarmusch -Coffee and Cigarrettes- u antiguos compañeros de The 101'ers, son los encargados de recordarlo y escarbar en sus motivaciones y aspiraciones, que lo llevaron a transformarse en uno de los íconos del rock de todos los tiempos. Sitial, por cierto, en el cual nunca se sintió del todo cómodo.

Hay varias escenas notables e incluso curiosas. En una se relata que Strummer -cuyo nombre real era John Graham Mellor-, junto a un grupo de amigos, abren una okupa en Walterton Road -en la numeración 101-. Ahí aparece la banda de rockabilly The 101'ers. En ese momento, el propio Strummer recuerda al chileno Antonio Narváez, quien participó en el génesis de la agrupación oficiando de baterista. Otro nacional, que no es mencionado en el filme, también formó parte del grupo: el saxofonista Álvaro Peña.

También se expone el auge y decadencia de The Clash. Desde sus inicios rabiosos e incendiarios a fines de los setenta. Con sus parches serigrafiados con frases como Hate and War y sus afilados acordes acelerados, hasta sus experimentaciones musicales que partieron con el disco Sandinista (1980) y terminaron con su éxito inesperado y arrollador en EE.UU, que de cierta forma, constituye uno de los motivos centrales del quiebre definitivo del cuarteto.

Al único que se le extraña, sobre todo, debido a la presencia de varios personajes que sobran, como Bono o Johnny Deep, es a Paul Simonon, bajista de la banda. El único Clash -histórico- que no participa en el documental.

Además, Temple profundiza en pasajes poco conocidos del músico, como sus participaciones en diversos largometrajes -componiendo bandas sonoras y actuando-, como Mystery Train o Walker, además de su curiosa idolatría hacia la cultura rave y la música electrónica, que considera "el reencuentro" entre los punks y los hippies.

Y bueno, hay varios datos sabrosos: como que Topper compuso Rock the Casbah porque nadie más llegó al estudio. O que Strummer se escapó a mediados de los ochenta a Francia para correr la maratón de París. Bernie Rhodes -el manager-, desesperado, contrató un detectivo para encontrarlo.

En síntesis: un gran documental. Que claro, no consigue desmitificar a la leyenda, "al caudillo del punk-rock", -como el mismo se califica al comienzo del filme-, sino que la intensifica. Pese a esto, para cualquier fanático del punk e, incluso, del rock en general: es un gran trabajo. El que permite conocer los detalles de sus contradicciones, de sus ideas políticas -que quedan expuestas como bastante endebles- y de más de algún pasaje personal. Es un material de revisión obligatoria.

¿Y por qué se llama así la película? El propio Strummer lo explica al final de ella:

“La gente puede cambiar todo lo que quiera: cualquier cosa en el mundo. Van siguiendo su caminito. Yo soy uno de ellos. Pero hay que parar y no mirar sólo nuestra pequeña huella de ratón. La gente puede hacer cualquier cosa, es algo que estoy comenzando a aprender. Ellos están ahí haciéndose daño unos a otros. Están deshumanizados. Es hora de recuperar la humanidad y llevarla al centro del ring y actuar así por un tiempo: El futuro no está escrito. La codicia no va a ningún sitio. Tendrían que escribir eso en un gran cartel. Sin la gente no somos nada, eso es lo que pienso."


(Strummer junto a The Mescaleros el 17 de noviembre de 2002)
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10/30/2008

Disparando a los perros

Shooting Dogs, cinta inglesa de 2005 dirigida por Michael Caton Jones, basada en hechos reales, aborda de forma cruda y descarnada el genocidio al pueblo Tutsi a manos de sus rivales Hutu, en el país africano de Rwanda, en 1994.

La película focaliza su argumento en la historia de Joe Connor, profesor británico que decide viajar a Kagali, la capital ruandesa, para impartir clases en la escuela del padre Chistopher, inspirado en el sacerdote croata Vjeko Curic, quien murió asesinado debido a su rol activo en la protección de potenciales víctimas.

Shooting Dogs además expone, descarnadamente, lo inútil que puede resultar un organismo multilateral como las Naciones Unidas, quienes, en medio del cruento conflicto, se encuentran limitados a proteger solamente a los residentes europeos –por cierto blancos-.

Lo peor, sin embargo, es que por mando del sacralizado Consejo de Seguridad del organismo multilateral, se encuentran incapacitados de ejercer su poder disuasivo, que sea capaz de impedir el genocidio.

El mismo nombre de la película hace alusión al extraño papel que juega la ONU en el país africano: sólo están autorizados a dispararles a los perros. La metáfora es fuerte, ya que incluso, en una parte que roza con lo conmovedor, un grupo de tutsis le solicita formalmente al general Dalton, claramente inspirado en el general Dallaire, militar canadiense a cargo de la “misión” en Rwanda, que los maten a tiros, ya que no están dispuestos a morir a machetazos. La ONU señala que no puede hacerlo, por humanidad. Curiosa y triste ironía.

El largometraje tiene la particularidad que contar con una abierta colaboración de los sobrevivientes del genocidio, quienes realizaron un rol activo tanto a nivel de producción como delante de la pantalla.

Esta película viene a completar el ciclo iniciado por la notable película de Terry George de 2004 Hotel Rwanda y el emotivo documental de Roger Spottiswoode Shake Hands with the Devil, que aborda el progresivo estado de locura que experimentó el general Romeo Dallaire de la ONU, al terminar su traumática experiencia en el país africano.

La película, a grandes rasgos, es escalofriante. No por la calidad del guión –a todas luces limitado- o por la estructura dramática, lineal y sin mayores sobresaltos, sino por lo crudo del tratamiento de la historia: el odio irreconciliable entre dos pueblos condenados a convivir.

En Shooting Dogs hay sangre y bastante. Y no es una fascinación enfermiza por el morbo de su director, sino una apuesta honesta, que busca exponer un conflicto olvidado y minimizado por la llamada comunidad internacional, que hasta el final del conflicto –incluso hasta hoy- se mostró indiferente ante la magnitud de la brutalidad acaecida.

Los Hutus mataban con machetes, con palos, con sus manos ensangrentadas. Destrozaban los cráneos de los niños y violaban a las mujeres. Lo aterrador es que a nadie pareció importarle. La película trabaja bien esa tensión.

El filme asusta porque el genocidio a la tribu tutsi, que asesinó a más de 800 mil rwandeses –el 10% de la población-, perfectamente puede volver a ocurrir. Quizás no en Rwanda, donde las heridas aún continúan cicatrizando, sino en cualquier parte del planeta, en donde los beatificados organismos multilaterales no consideren prudente contribuir a la defensa de la paz y de los derechos humanos.

Lo que vive Joe Connor, interpretado por un irregular Hugh Dancy, enfrentado al dilema de continuar junto a su nueva familia africana o huir a su plácida comodidad occidental, es un dilema que refleja la incomprensible actitud internacional, quienes optaron por obviar el conflicto, antes de detenerlo, contando con los medios para hacerlo.

En relación a las actuaciones, podemos encontrar de todo. Por un lado, interpretaciones notables, como las realizadas por John Hurt en el papel de reverendo Chistopher. El longevo actor inglés, realiza un trabajo soberbio, con una actuación creíble y a ratos conmovedora, que logra transmitir al espectador toda la angustia y desesperación de un sacerdote que ve resquebrajarse poco a poco su fe ante tanta brutalidad e irracionalidad humana.

También realiza una interpretación destacada Dominique Horwitz, quien interpreta al impotente capitán Charles Delon, basado claramente en el general Dellaire, quien se ve atado de manos ante la indiferencia de sus superiores ante la masacre que presenciaba día a día en Kigali.

Hay que ver Shooting Dogs porque muestra lo peor del ser humano, el que es capaz de rezar apasionadamente, de saludarte con un cálido apretón de manos al divisarte en una esquina, ese que comparte contigo un agradable partido de fútbol. Pero que en la noche, no tiene la más mínima culpa de asesinarte a sangre fría, con un machete, sin ningún tipo de misericordia.
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9/27/2008

¿DÓNDE EN EL MUNDO ESTÁ OSAMA BIN LADEN?

Morgan Spurlock lo hizo de nuevo. Hace cinco años decidió adentrarse en las profundidades de Mcdonalds intoxicándose durante un mes comiendo sólo el menú de la casa del payaso Ronald, con su aclamado documental Super Size Me, el que incluso obligó a la multinacional a cambiar sus combos extragrandes.

Ahora, la cajita Feliz y los nuggets dejaron de ser su principal objetivo, la búsqueda por Medio Oriente de la personificación del mal en el siglo XXI, Osama Bin Laden, es la misión de su nueva aventura.

La cinta, titulada Where in the World is Osama Bin Laden, intenta establecer una curiosa sincronía entre el inminente nacimiento del primer hijo del documentalista y la búsqueda de la persona más temible del planeta.

Esto no es una simple divagación de Spurlock, sino una legítima preocupación. "¿A qué clase de mundo voy a traer a mi hijo?" -se pregunta-.

La película comienza con mucho humor, el que se va debilitando con el correr de los minutos. Lo que no constituye un defecto, sino una fortaleza: es difícil reírse cuando un tanque aparece de la nada al frente tuyo en Cisjordania.

26 años en el poder

Su travesía parte en Egipto. A través de conversaciones con ciudadanos de El Cairo comienza a percibir la generalizada odiosidad hacia la política exterior estadounidense. Situación que sorprende Spurlock, sobre todo porque Egipto es un aliado de EEUU en la "lucha contra el terrorismo".

Pero hay datos interesantes. como que Hosni Mubarak, uno de los amigos de Bush en Medio Oriente, lleva 26 años en el poder como presidente de Egipto. Un estudiante universitario le comenta que no hay democracia en Egipto, argumento que se confirma con la militarización de las elecciones, como la parlamentaria del 2005, en donde la oposición no pudo votar.

Pese a que Spurlock va con su discurso de estadounidense promedio, patriotero y sin mayor reflexión crítica, se ve superado ante los reiterados testimonios que repiten argumentos más o menos similares. Pobreza, segregación se convierten en palabras cotidianas en sus viajes por el Medio Oriente.

El caso del bario de Sidi Moumen en Marruecos es clarificador. De ahí provinieron todos los terroristas que participaron en los atentados de la ciudad de Casablanca del 16 de mayo de 2003. "Son parias en su propia sociedad" -señala Aboubakr Jamal, quien realiza trabajos sociales en sectores pobres marroquíes-.

En la práctica, estos jóvenes, no tienen voz económica ni poder político, palabras que sólo sobreviven en la retórica oficialista.

Nadia Yassine, propulsora de los derechos femeninos dentro del islamismo, señala en una notable intervención en el documental, que se necesita de forma urgente crear puentes extraoficiales entre la sociedades civiles de Occidente y Oriente. Ya que la situación actual, después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, -para la intelectual- legitimó la presencia de EEUU en Medio Oriente y fortaleció las politicas de seguridad en la mayoría los gobiernos occidentales. Lo que sugiere que ese puente no vendrá precisamente de la oficialidad.

Es un musulmán ridículo

También pasa por Palestina, en ciudades como Cisjordania o Ramallah. Al entrevistar a ciudadanos en las calles la mayoría le señalan que rechazan el "apoyo" de Bin Laden a la causa de independencia. "Podemos ciudarnos solos" -señala un molesto adolescente-. Un hombre de 40 años le afirma que en Ramallah odian a Bin Laden porque le gusta la sangre. "Es un musulmán ridículo" -sentencia-.

Spurlock además habla con Klalid Jaddu, alcalde de Bethlehem de Hamas. Este le señala que el problema con Israel no es religioso ni es una lucha contra Cccidente: es un problema netamente por territorio, de carácter político. "Sin el problema palestino no recibirían atención, su "ayuda" es estratégica" -señala-.

También habla con una judía pro asentamientos. Ella le comenta que establecer asentamientos a las afuera de las ciudades es estratégico, de esta forma consiguen controlar ciudades de manera más eficiente. Al preguntarle Spurklock si eso es ilegal, ella le contesta que sí, que "por ahora es ilegal".

El momento más tenso lo vive en Tel Aviv, cuando cientos de judíos fundamentalistas -la mayoría con gorrito y túnicas negras- lo rodean y comienzan a exigirle que se retire de sus tierras. Recibe desde bombitas de agua hasta empujones.

También pasa por Jordandia, en donde conversa con un pastor de la Iglesia Ortodoxa -Nahu Hadad- quien le señala que el problema no son las religiones, sino como estas son utilizadas por determinados grupos radicales como una máscara para ocultar la crueldad de sus acciones.

El punto de inflexión ocurre en Arabia Saudita. Pocas veces se menciona que el país está dominado por una especie de monarquía hereditaria -goberanada por dinastía de los Al-Saud- , que no hay libertad de prensa, ni de asociación, de que incluso, por ridículo que parezca, las revistas de moda son censuradas -desde los pecaminosos hombros hasta las sensuales rodillas de las modelos. Incluso, las ejecuciones públicas son realizadas en una plaza donde los niños suelen jugar fútbol durante el día. Spurlock aprecia con horror las manchas de sangre presentes en el piso.

El motivo de estas, a simple vista, incomprensibles brutalidades, es que el país está dominado por la facción más radical del islam: el wahhabismo. Esto no es una exageración: no hay diferencias entre la Iglesia y el Estado, las niñas y niñas son separadxs desde los 10 años -incluso hay ascensores para cada uno-, las mujeres casadas no pueden mostrar su rostro, entre otras prácticas retrógradas.

Hay momentos notables acá, como su conversación con el Jeque Abdullah Ahmad Badawi, quien llama a que los cristianos sean asesinados con mucho dolor en sus misas. Pese a su cara de loco y su interpretación extremista del Corán, señala argumentos interesantes, que descolocan a Spurlock, como la supuesta bondad de EEUU al invadir Afgansitán. "¿Fueron con una ambulancia o con un tanque?" -pronuncia irónico-.

En síntesis: no encuentra a Bin Laden. Incluso, pasa a ser una preocupación secundaria en su travesía. Esto, ya que las condiciones que crearon su mito, como la pobreza, la exclusión política y la legitimación de Occidente de regímenes que nada tienen de democráticos -como Egipto y Arabia Saudita- siguen vigentes y sin ningún tipo de preocupación ni de indignación por la mayoría de las sociedad que apoyan las directrices de "la guerra contra el terrorismo".

Lo bueno del documental, pese a su ingenuidad y sus prejuicios hacia el islamismo de Spurlock, es que al conversar con ciudadanos comunes y al interiorizarse de los problemas que presenta cada país,genuinamente logra conmoverse y entender el dolor y la indefensión de la mayoria de los ciudadanos de Medio Oriente, quienes son presentados por los medios de comunicación de EE.UU -tal como señala el cineasta- como simples fanáticos que odian irracionalmente a su amado país.

Bien por Spurlock, que pese a la aparente liviandad del filme, logra construir un relato por momentos conmovedor y con elementos novedodos y actuales, que permiten formarse un juicio más equilibrado sobre las verdaderas motivaciones y causas de estos tiempos plagados de terrorismo y de cruzados que buscan exterminarlos.

Mal eso sí por las distribuidoras nacionales, que ni siquiera divagan sobre una posible distribución del documental en salas locales.
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8/17/2008

VIDA Y DEUDA: EL FMI VS JAMAICA


De repente uno se traga el discurso optimista e idealizado de la globalización. Ese que argumenta que la libertad de exportar e importar está bien -pese a lo desigual de las condiciones-, de que los préstamos a países en desarrollo tienen intenciones casi filantrópicas y que todas esas políticas producirán algún beneficio hacia los estados que las ejecutan.

Pero al ver el documental Life and Debt -Vida y Deuda-, realizado por Stephanie Black y narrado por la emblemática Jamaica Kincaid, todas esas idealizaciones pasan a formar parte de una bella utopía lejana.


"Alianza estratégica"

Lo expuesto por el documental es dramático. Lejano a la caricatura vía rastafaris a lo Bob Marley -despolitizados por cierto- Jamaica ha estado obligada a pagar una cuantiosa deuda externa, heredada de su propio colonizador -Inglaterra-, quién "independizó" al país en 1962. El problema, que viene a ser una constante de los países en vías de desarrollo, fue que para "consolidar" su joven democracia, el país tuvo que recurrir a los préstamos de los siempre dispuestos Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional (FMI).

Las consecuencias son conocidas: políticas restrictivas en lo económico, reducción del gasto fiscal y la prohibición de subsidiar sectores estratégicos de la economía, que puedan competir con productos estadounidenses importados.

Por ejemplo, la agricultura, que es el área más fuerte de la economía jamaiquina, se ve imposibilitada de competir con los productos subsidiados de EE.UU. Esto, ya que sus costos, al no ser apoyados por el Estado -que a juicio del FMI "distorsionaría" las reglas de la libre competencia- son ostensiblemente mayores que sus directos competidores.

Sin embargo, los estadounidenses no son tan malvados. Viendo esta destrucción de un sector importante de la economía caribeña, deciden realizar una “alianza estratégica” entre ambas industrias, comprometiéndose a vender semillas de diferentes frutas y verduras a un precio razonable. Notable.

Pese a estas buenas intenciones, plantar esas semillas sigue siendo mucho más caro que en EE.UU, ya que el costo de producción es elevadísimo. Y no sólo por la ausencia de subsidios , sino por técnicas de producción poco sofisticadas. Esto significa que mientras en Europa y en EE.UU se cultiva con tractores y modernas maquinarias: en Jamaica se realiza el mismo proceso con machetes y filosos cuchillos.

Disculpen, era para Haití

Lo peor es que ni siquiera lo que se importa es de calidad. Dentro del documental, se expone el caso de una curiosa importación de unos pollos desde EE.UU. Unos especialistas jamaiquinos los estudian y se dan cuenta que estos tenían mas de 28 años. Lo estúpido es que en vez de disculparse, los productores piden que se los devuelvan, “porque el envío constituyó un error voluntario: los pollos eran para Haití".

Otra industria muy afectada con esas condiciones para el préstamo estimulador fue la lechera jamaiquina, que es incapaz de cubrir la demanda interna de su país ,ya que no puede competir con la leche en polvo importada estadounidense, que no paga impuestos y es mucho más barata de producir. Es dramático ver la cara de los productores locales, quienes deben votar litros y litros del producto diariamente.

Mcdonalds a la carga

Uno de los grandes beneficiados con esta decadencia de la industria lechera ha sido McDonalds. La multinacional de comida rápida decide entrar a Jamaica en 1995, con el objetivo de estimular la economía del páís. En un principio, existieron muchas reticencias a que la empresa del payaso Ronald entrara al país, ya que existía un Mcdonalds autóctono operando desde 1962, con comida tradicional y lejana a los combos estandarizados.

Mcdonalds, en su defensa, prometió miles de empleos y una alianza estratégica con empresas locales de alimentos. Sin embargo, esto nunca se cumplió ya que casi todo lo que la multinacional utiliza lo importa, excepto algunas carnes que provienen de las vacas jamaiquinas, antes destinadas para el consumo de leche y ahora resignadas a transformarse en hamburguesas.

Hay otros ejemplos aberrantes de este espejismo igualitario que muchas veces se argumenta sobre el actual libre mercado planetario, como la curiosa protesta estadounidense que realiza a la OMC por las “preferencias” que reciben ex colonias europeas al estar exentas de impuestos al exportar plátanos en la UE.

Turismo: excelente negocio

Como es imposible producir frutas, verduras, leche, en Jamaica se genera una inédita explosión de mercados no tradicionales, como la venta de ataúdes, y de guardias de seguridad, mercados en auge por el auge de saqueos en Kingston.

El turismo también es un excelente negocio. La documentalista utiliza justamente esta arista de la economía jamaiquina como hilo conductor de su trabajo, exponiendo como la entrada del turismo en Jamaica y la hipocresía que conlleva la venta de un país idealizado, como un espacio de opulencia y paradisiacas playas, contrasta radicalmente con la actual condición de pobreza y miseria que vive la mayoría del país.

“Algunos países exportan plátanos, papas, en cambio, cuando nos preguntas sobre nuestros productos, les decimos que exportamos especies” -señala un resignado jamaiquino-.

Además, de la misma forma que ocurre en países como Vietnam o China, en Jamaica se crearon Zonas Libres, no sometidas a la soberanía del gobierno central, en donde empresas multinacionales como Nike o Tommy Hilfiger pueden operar libres de impuestos, pagando salarios bajos y negando la posibilidad de sindicalizarse a los trabajadores.

Al igual que en otras áreas de la economía, todo lo que producen es extranjero, ni siquiera el hilo para coser o las agujas son jamaiquinas.

Más que odas a Jah

Un documental crudo pero muy actual, que cuenta con entrevistas notables, como la realizada al presidente del FMI de la época Stanley Fischer o al ex presidente jamaiquino Michael Manley, quien fue literalmente chantajeado por el FMI al firmar las condiciones crediticias.

Si quieres alejarte de la caricatura buena onda que consume el imaginario de Jamaica, apreciar que el reggae es más que odas a Jah o tiernas canciones amorosas y disponer de sólidos argumentos para criticar la actual implementación de las políticas neo-liberales, debes ver Life and Debt.

Además, así se contextualiza un poco la ola de saqueos que ha ocurrido en Jamaica en los últimos años, que por este lado del planeta no supera el lastimoso análisis de la violencia tercermundista.
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6/04/2008

EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

La adaptación de Peter Brook de El señor de las moscas, célebre novela de William Golding de postguerra, me dejó con un sabor amargo. Porque la propuesta del novelista es directa y sin tantos matices burlones, que desvían el fondo del mensaje. Pero mejor es explicar un poco de que se trata, para no caer en más ambiguiedades de las necesarias.

Un grupo de estudiantes, que no superan los 12 años, caen en una isla desierta, sin ninguna posibilidad de escaparse de ella. Poco a poco comienzan a conocerse, viéndose obligados a interactuar entre ellos, con el objetivo de formar una sociedad que les permita sobrevivir ante tal adversidad.

Como siempre, de la misma forma que se da en cualquier grupo humano de diversa naturaleza, comienzan a aparecer los conflictos de poder, en este caso, entre Ralph -quien ejerce un liderazgo más democrático y sensato- y Jack, quien se hace cargo de las cacerías, o sea, monopolizando el uso del alimento.

Además, este último intenta imponer su autoridad en base a la fuerza y a la carencia total de argumentos, generando, como es natural, una cantidad nada despreciable de adeptos.

En el medio queda el pequeño Piggy, el típico niño, joven y/o adulto ridiculizado por su aspecto físico, quien trata de imponer ciertos matices de sensatez en medio de escenario que poco a poco comienza a escaparse de las manos de los pequeños.

Lo triste de la película es que toda esa libertad, carente de adultos y de todas las reglas convencionales de las sociedades occidentales de donde provienen, comienza poco a poco a esfumarse, reproduciendo los mismos vicios y errores de esas grandes metrópolis.

La pregunta de Golding, más allá de hacer una apología a "la maldad" o a lo importante que son las leyes, que no deja de ser una lectura simplista de la película y del libro, es por qué siempre en las sociedades, sea cual sea su naturaleza, terminan primando no los argumentos sensatos, consensuados por la mayoría y que tienen cierto grado de legitimidad, sino los brutos, los improvisados y los violentos, que nadie busca pero que casi todos legitiman con un complaciente silencio.

Si quieres ver una película dura, descarnada, crítica y sobre todo, preocupantemente vigente, te recomiendo ver El señor de las moscas. Si la invitación te parece innecesaria y derechamente aburrida, siempre estará la posibilidad de ver más de algún refrito hollywodense. De esos nunca faltan.
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5/10/2008

¡Volvió Kusturica!

Todavía no puedo creer que los cables de prensa de la pasada edición de Cannes, que por cierto reprodujeron la mayoría de los medios de comunicación de forma instantanea, dijeran que la última película del director serbio Emir Kusturica era aburrida y sin la magia ni el sentimiento de entregas anteriores.

Sin duda, o no vieron la película o simplemente no la entendieron. Zavet, o Promise me This o Prométemelo o como quieran llamarla es todo menos una película monótona o aburrida. Es Kusturica en estado puro: con animales, con risas, con elementos oníricos, con esperanzas, con humor, pero como siempre, con un profundo mensaje que recorre toda la película.

La historia de la trama es simple. Un niño llamado Tsane vive con su abuelo en un despoblado pueblo de Serbia, siendo los únicos habitantes del sector junto a una maestra, que se ve obligada a cerrar sus clases por la falta de alumnos. El abuelo comienza a obsesionarse con la muerte, por lo que decide dejarle un testamento a su nieto, siempre que le prometa cumplir 3 cosas: que compre un cuadro religioso de San Nicolás, que venda su vaca y se compre algo y que consiga una esposa.

En su viaje a la ciudad se encontrará con lo más oscuro que presenta el capitalismo neo-liberal a lo Serbia, ya que se cruzará con un grupo de mafiosos inmobiliarios que lo único que buscan es estropearle sus planes. Sobre todo, la conquista del corazón de la bella Jasna, joven que se apodera del corazón de Tsane.

En este caso, Kusturica presenta una profunda crítica hacia la sociedad serbia y en lo que se está convirtiendo post guerra de los Balcanes y también post desintegración de Yugoslavia. El escenario que muestra el cineasta es oscuro, a momentos grotesco y bastante desesperanzador, cosa estraña en un director optimista y positivo, que siempre busca eternizar momentos de la vida que por muy poco observados parecen irrelevantes.

Mención aparte merece el hombre bala, que adquiere un curioso protagonismo durante toda la película, los locos "hermanastros" de Tsane que lo ayudan con sus metralletas y estrategias de demolición para luchar contra los mafiosos y la vecina de Jasna, quien observa y alienta a Tsane en cada uno de sus intentos por conquistar a su amada.

Puede que no haya ganado en Cannes , que sus personajes sean parecidos en cada película, pero da lo mismo. Esta película vomita corazón, sentimiento, honestidad y un profundo mensaje, que llama construir un tipo de sociedad distinta, en donde el dinero y el poder no sean los elementos que administren el rumbo de la sociedad, sino valores y principios más amables, como la solidaridad, el compañerismo y el amor. ¡Véanla!
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